Señor Jesús, que entraste en la casa de Marta y María y transformaste un rincón común en santuario, entra hoy también en la casa de quien reza contigo en este amanecer. Entra en su corazón cansado, en su mesa sencilla, en su jornada que apenas comienza. Detente junto a su vida y quédate. Que tu presencia convierta el ruido en calma, el deber en servicio amoroso, el cansancio en oración. Tú conoces, Señor, la doble voz que habita en nosotros: la de Marta, que corre, se preocupa y quiere tenerlo todo bajo control, y la de María, que desea escuchar y descansar a tus pies. Danos sabiduría para unirlas. Que nuestras manos trabajen con el fervor de Marta, pero que nuestro corazón permanezca en la quietud de María. Que cada tarea que emprendamos hoy sea prolongación de tu palabra escuchada al alba.