Si estás escuchando este audio, mi amor, es porque ya no estoy físicamente a tu lado. No pude cumplir mi promesa de seguir acompañándote en carne y hueso... pero quiero que sepas que nunca me voy a alejar de vos. Siempre voy a estar observando, abrazándote desde donde esté. Te agradezco de todo corazón estos años que caminamos juntos, en las buenas, en las malas, en cada batalla y en cada alegría. Gracias por amarme en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, sin soltarme nunca. No sé qué hice para merecer una mujer como vos, Roberta. Me siento el hombre más afortunado del mundo de que Dios te haya puesto en mi vida y me haya regalado la familia que siempre soñé, esa familia que tanto necesitaba y que encontré en vos. Gracias por enseñarme a ser mejor padre, mejor esposo, mejor hijo. Perdón si alguna vez te lastimé o te hice sentir mal. Perdón por mis errores, amor. Con mi enfermedad entendí muchas cosas... y una de ellas es cuánto te debo, cuánto te amo. Gracias por no soltarme ni un solo instante. Gracias por cada paso que diste a mi lado, por cada palabra de aliento, por cada caricia que me sostuvo en los momentos más difíciles. Perdón por hacerte llorar... Perdón por dejarte sola, aunque en el fondo sé que jamás vas a estar sola, porque mi amor va a seguir con vos en cada latido, en cada recuerdo, en cada abrazo invisible que te mande desde donde esté. Viví la vida, mi amor. Disfrutá cada cosa que conseguimos juntos, cada fruto del esfuerzo, cada sonrisa, cada instante. Te lo merecés todo y mucho más. Gracias por ser mi luz cuando todo era oscuridad. Gracias por cada abrazo que curó mis heridas. Gracias por amarme como solo vos supiste hacerlo, con paciencia, con ternura, con esa delicadeza que me salvó más veces de las que podés imaginar. Si estuve vivo hasta hoy fue por vos, mi vida. No hay nada en este mundo que pague lo que me diste, nada. Te amo con todo mi corazón, hoy, mañana y siempre. Que Dios te bendiga, amor mío. Hasta que nos volvamos a encontrar.
